La acción de Elijah había sido imprudente, pero sus manos le exigían repetir aquel acto. Su mente no le permitía pensar, sus manos parecían mandarse solas. Estaba perdiendo cada parte de su esencia y no sabia cómo parar. El nombre de Hayley, su voz y al sitio en el que se encontraban le hizo despejar su mente unos segundos. Dio un paso hacia atrás, como si la figura que estaba frente a él no fuese más que una visión terrible. —Aléjate —exclamó como orden, para darse media vuelta y respirar profundo—. No te acerques, por favor —pidió esta vez con más suavidad, aunque estaba implícito el hecho de que no podría controlarse una vez más si ella mermaba esa distancia. Sin embargo, lo hizo. Elijah atisbó directamente a sus ojos y pudo recordar más allá, una vida que vivió y que le hizo feliz. El tiempo con Hope, todos esos meses juntos en los que él se sintió como un padre. Ese escaso tiempo en el que fue un esposo, un amante…
Pero ahora, cada parte estaba en el fondo de su cerebro. No sabía como rasgar las partes sensibles para volver en sí. —No lo sé —replicó sin ahodar en las torturas hechas por Esther, quien lo había dejado salir al mundo para terminar con los suyos, añadiendo a los que más quería a esa puerta roja—. Lo siento, no quise lastimarte —añadió, volviendo su vista hacia ella. Sus orbes aún denotaban frialdad, pero también el esfuerzo por ser cálidas.